viernes, 18 de junio de 2010

Un incentivo potente

Ay, gente, no sé qué decir. Tampoco sé bien qué pasó con el post del portero y el paraguas que generó una respuesta tan positiva, con tantos comentarios. Confieso que entro al blog continuamente a ver si hay uno nuevo, y lo mejor es que ¡todas las veces hay uno nuevo! Mi idea siempre fue conseguir este nivel de intercambio. Estoy chocha, no puedo negarlo.
Con ciertas excepciones, hasta ahora sentía que mi blog era un espacio chiquito y de tímido alcance, que rara vez lograba puntos altos, pero todo lo que dijeron fue con tanta buena onda… Y es doblemente emocionante, porque más allá de la aprobación de lo literario (no saben cuánta falta me hace y qué oportunamente llega), recibo de parte de todos enormes y genuinos buenos deseos. Siento un abrazo de aliento en cada comentario, y me encatan los abrazos.
La mejor noticia es que, sobre todo, esto está funcionando como un incentivo potente, y ahora no dejo de querer generar cosas que les sigan gustando.
Antes de esta ráfaga de entusiasmo producida por sus palabras, frente a las que no pude evitar ponerme cursi y responderles, ya estaba escribiendo algo nuevo para postear: la pueba más clara del incentivo potente.
Sé que es inevitable que lo que escribo tenga sus altibajos, pero no quiero paralizarme por el miedo a no lograr otro texto que sea tan bien recibido. Así que concluí que lo mejor era empezar la era post-post exitoso lo antes posible, y ponerle el pecho a los altibajos. Les dejo a continuación el texto de hoy, menos feliz que los últimos, pero nacido de la felicidad.

Gracias E, G, M, L, D y J.
Los quiero.

Estampa y silencio

Mientras yo esperaba que bajaran a abrirme en la puerta de un edificio, una mujer y un nene pasaron frente a mí. Ella tenía unos cuarenta años, era rubia y gris. Estaba vestida como si volviera de trabajar en alguna oficina. A él le calculé siete; uniforme de colegio, mochila y valija de vianda.
La mujer caminaba tempestuosa, mirando hacia un futuro que se alejaba o que ni siquiera llegaba a ver. Llevaba al nene de la mano, pero las piernas de él no estaban a la altura de su apuro y la seguía como podía, siempre un poco por detrás.
Cuando pasaron al lado mío ella dijo (le dijo a él, pero lo dijo como al aire, al cosmos, a ella misma): "¿Te das cuenta de por qué yo no me caso? ¿Para qué? ¿Para llegar a vieja puteando y odiando al que tengo al lado?"
Ella ya venía hablando antes de caminar cerca mío, antes de esta frase, pero yo escuché esas tres preguntas recortadas del resto. A medida que las decía se iban estampando a golpes sobre la vereda, y se quedaron ahí una vez que ellos pasaron. Después de la frase, estampa y silencio.
Era jueves a la tarde y en la calle había movimiento, pero cuando me llegaron las palabras de la rubia (a quien yo había asumido madre y ahora rogaba que no lo fuera), sentí que los tres estábamos solos en la ciudad. Ningún auto, ningún transeúnte. Nadie con quien compartir la pena.
No pude evitar seguirlos con la mirada en todo momento. Cuando se habían alejado algunos pasos, el nene giró la cabeza y me miró. ¿Quería asegurarse de que yo había sido testigo de todo? No lo sé. No pude saber si buscaba confirmar su vergüenza, si intentaba complicidad o pedía rescate.
La rubia simplemente siguió caminando.

lunes, 14 de junio de 2010

Un portero y un paraguas

Foto: Ianko Perea
1. A alguien se le perdió un mensaje de texto y el sábado a la nochecita me llegó a mí. El mensaje decía más o menos esto: "Te aviso que el ascensor no va a funcionar hasta el lunes". Pero yo no tengo ascensor, ni hay en mi vida un ascensor cuyo no funcionamiento pueda afectar mi fin de semana.
Sospeché de un portero amable. Aunque siendo portero lo más coherente parecía tocar timbre y avisar, podía tratarse de alguien dispuesto a advertir acerca de la mala nueva, y por el medio que fuera, a todos los habitantes de su edificio. Más específicamente, sospeché del portero de mi amiga G (es el único con el que tuve contacto últimamente, y por una circunstancia azarosa una vez lo llamé haciéndome pasar por G: quizás tiene mi teléfono y cree que es el de ella).
Comenté mi sospecha. Mi interlocutor me miró con cara de "lo del portero es una arbitrariedad tuya...podría ser cualquiera y en miles de circunstancias diferentes". Era verdad. Imaginé algunas. Esa multiplicidad fue una de las cosas que me cayó mejor del mensaje.
Y no sólo eran miles las personas y circuntancias posibles, también eran miles las potenciales consecuencias del contratiempo. Especialmente si hubo alguien que no llegó a enterarse…
De cualquier modo, mi opción preferida es que el ex destinatario del mensaje se haya pasado el fin de semana gris metido adentro y nunca se haya enterado del desperfecto. Eso me resulta simpatiquísimo: un mensaje que se le pierde a la persona indicada.

2. Algunos sábados atrás presté mi paraguas. Aunque no está en buen estado, es el único que tengo y lo uso en toda ocasión. Hace muchas lluvias me digo que tengo que comprar otro, y estoy dipuesta a invertir si con eso logro hacer más amenas mis jornadas de tormenta.
Es rojo, con estructura endeble. Algunos de sus palitos metálicos se asoman descontrolados por fuera de la tela, volviéndolo lánguido. El mango plástico tiene un botoncito que activa su expansión. Noté que la pintura (un extraño plateado opaco, pariente lejano de la brillantina) empezó a desprenderse, y muchas veces termino con las manos llenas de mínimas estrellas.
Este fin de semana me lo devolvieron. Lo tomé distraidamente y lo guardé en el lugar de siempre, sin más.
Hoy es un lunes lluvioso, de lluvia repentina y copiosa. A la mañana agradecí que la vulnerabilidad de su esqueleto colorado hubiera vuelto a mí, pero más agradecí cuando, una vez en la calle, lo abrí. Al presionar el botón descascarado se extendió decidido y total, casi sonreía. Caminé unos pasos. Las gotas se estrellaban ruidosamente contra él. Lo sentí fuerte, inusualmente atlético. Y ahí lo noté: en el lapso en que durmió fuera de casa, una costurera silenciosa lo había remendado.
Fue gratificante ver con cuánta simpleza le habían devuelto la vida. Sólo hicieron falta unas puntadas certeras y pacientes, un poco de atención y algo de buena voluntad. Me sentí vaga, me sentí tonta. Pero sus bracitos metálicos estaban de nuevo en su sitio y no pude evitarlo: ahí fui yo quien sonrió.

Dos mensajes anónimos, uno por error y el otro errante. De alguna manera, los dos llegaron a buen puerto.

miércoles, 9 de junio de 2010

Primera persona

Voy a repetirme, pero como sabemos, el público se renueva. O no se renueva, pero aún no fue a ver “Confesionario” y este año tiene una nueva oportunidad. Anoche presencié la primera entrega del ciclo con mi amigo L y le encantó. Si mi recomendación no era suficiente, sumen a mi entusiasmo el de él también.

De nuevo, paso a explicar. Algunos invitados (escritores, músicos, fotógrafos, actores, periodistas, etc.) se juntan, coordinados por la conductora del ciclo, a contar algo verdadero, en primera persona y en tono confesional. Claro que esta consigna toma formas muy variadas y las “confesiones” no son sólo textos, sino también fotos, videos, llanas entrevistas, etc. Todo esto sucede en un contexto más bien teatral, inmerso a su vez en un espacio que funcionó como biblioteca (con pasarelas tipo entrepisos -donde alguna vez hubo estantes llenos de libros- a las que se accede por una escalerita). Hay una especie de escenario, micrófonos, luces, público y protagonistas, aunque estas últimas categorías tienen en cada emisión límites muy fluctuantes.
Lo que más me gusta de la propuesta es que siempre sucede algo diferente. Porque el resultado final responde a la combinación que se da por la onda entre los invitados, la presencia o ausencia de música, la participación o mutismo del público, los imprevistos técnicos y de cualquier otro tipo, etc. Y así como hay jornadas memorables, hay otras que funcionan menos. Pero la gracia es aventurarse de cualquier modo, porque siempre hay algo que vale la pena presenciar. Conocí mucha gente copada gracias al ciclo.

CONFESIONARIO
Martes de junio / 20 hs. / Biblioteca del Centro Cultural Rojas, Corrientes 2038
Coordina: Cecilia Szperling / Entrada libre y gratuita (capacidad limitada)


Martes 8
Confesiones bicentenarias
Mariano Dorr | Gabriela Cabezón Cámara | Julián Gorodischer

Martes 15
Familia: lo cuento o no lo cuento
Ana María Shúa | Paloma Fabrikant | María Rosa Lojo

Martes 22
Fútbol, a mí manera
Kiwi Sáenz | Sonia Budassi | Margarita García Robayo

Martes 29
Nuevas versiones de Verdadero - primera persona - Confesional
Lisa Kerner | Hermano (del blog Oxímoron ba) | Diego Rojas

Antes de despedirme, dos recomendaciones más (buenas y breves) y una NOTA:

Peli / “Synecdoche, New York” de Charlie Kaufman

Qué loco estás, Charlie, pero qué talento para la locura…
Tus mambos son insistentes, te persiguen, pero nunca nos cansan. ¡Te queremos!


Lectura / Clarice Lispector

Leí poco hasta ahora, pero esta mujer me cae muy muy bien. Me genera dos cosas claves: empatía y complicidad de género. Intuyo que se convertirá en una de mis preferidas. Cuando sea grande, quiero escribir como Clarice.

NOTA: Calurosa bienvenida a los nuevos seguidores. Un placer saberlos lectores del blog. De paso, gracias a los que se coparon desde el comienzo. Un honor para mí.

jueves, 6 de mayo de 2010

Demolición

1. Estoy haciendo un taller de escritura. No me gusta nada de lo que escribí hasta ahora en el taller, pero el taller me gusta. La propuesta es simple, pero intuyo que efectiva. Por empezar, trabajamos in situ, sentados en ronda. En cada clase se nos dan, intercaladas con lecturas o comentarios sobre lo escrito, dos o tres consignas diferentes. Para cada consigna contamos con cinco minutos, en los que debemos volcar lo que se nos va ocurriendo, intentando no parar de escribir. Cuando el tiempo se acaba, simplemente debemos abandonar. Cada vez se nos pide alguna vuelta de tuerca más, un poco en función de las trabas o falencias que van surgiendo de los comentarios grupales, y un poco en función del plan maestro preexistente en el que se basa el curso. Plan que pretende transmitir conceptos acerca de lo que es un relato, de lo que implica, y de los papeles, necesidades y deseos del que escribe y del que lee. Plan que se filtra en cada clase disimulada y subrepticiamente, "como quien no quiere la cosa".
Las consignas, por el tiempo acotado que se les designa, son también acotadas: el almuerzo de ese día, la cuadra de mi casa, el viaje que hacemos para llegar al curso. En la última clase nos pidieron que escribiéramos sobre un despertar en la infancia. Yo no pensé en nada triste, pero casi me largo a llorar en plena ronda.

2. La semana pasada tuve una reunión laboral. En la oficina céntrica en cuestión éramos dos: la chica con la que vengo haciendo la capacitación y yo. Después de mucho tiempo de charla acerca de mi desempeño en este tiempo, de cuestiones administrativas y de logística, de cómo funciona la empresa y demás, la chica me dio algo del material que voy a usar habitualmente. Un manual, unos folletos, unas fichas y unas fotos. En su mayoría, las fotos son de Buenos Aires a comienzos del siglo XX. Av. de Mayo con árboles bajitos, faroles y carruajes, palacios que ya no existen, hombres bailando tango (con otros hombres), inmigrantes en conventillos. Y de repente no sé qué me pasó, me agarró una especie de amor patriótico intempestivo, una nostalgia extrañísima. Interrumpí el relato de la chica porque no pude hacer otra cosa, tenía que informar lo que me estaba pasando. "Ay...como que me agarró un sentimiento nacionalista y me emocioné", dije, genuinamente conmovida y totalmente fuera de lugar. Ella lo festejó; yo bajé la cabeza y seguí escuchándola. Me quedé mirando a los inmigrantes apoyados sobre la mesa hasta que, finalmente, se me desanudó la garganta.

3. Hace un tiempo (meses, quizás más de un año) pasé de casualidad por la casa de una amiga del colegio y vi que tenía un cartel de venta. En ese momento imaginé muchas cosas. Pensé que seguramente su familia se habría mudado, que quizás ella estuviera viviendo sola. Pensé también, que dada la ubicación y tamaño del terreno, lo más probable era que la demolieran para hacer un edificio. Me dio tristeza.
Unas semanas atrás me crucé con mi amiga por la calle.
Inmediatamente recordé el cartel. No nos veíamos hacía muchos años; fue un encuentro breve, aunque lo sentí emotivo. Yo estaba apurada, así que sólo nos saludamos y atiné a pedirle su dirección de mail. Poco tiempo después le escribí contándole esta historia.
Al día siguiente, mi psicóloga me pasó la dirección del consultorio al que se mudaba, nuevo consultorio del que yo ya había sido advertida. Las coordenadas me sonaron familiares y creo que en algún lugar de mi cabeza hice la relación que finalmente se revelaría, aunque en ese momento la dejé a un costado, quise posponerla, le pedí que me esperara.
El sábado me crucé con mi amiga, el domingo recibí la dirección, el lunes fui a terapia. Y sí, el flamante consultorio es en el edificio que se construyó donde era aquella casa. De más está decir que a la tristeza inicial por la intuición de demolición, se fueron sumando la sensación densa e indigesta del paso del tiempo y algunas ideas (un poco cómicas y un poco dolorosas) sobre casualidades e ironías.

No sé, saquen ustedes sus propias conclusiones. Yo sólo voy a decir que quizás el pasado sí sea un animal grotesco, y que a veces nos visita.

miércoles, 21 de abril de 2010

El pasado es un animal grotesco

Bueno, bueno. Vuelvo (más vieja… ¿y más sabia?) para hacer una nueva recomendación.
Yo quería ir porque le tenía mucha fe a los actores, toda gente joven y talentosa que había visto en otros lados. Debo reconocer que del director no sabía nada, pero confié: lo avalaba la elección del elenco.
Sólo me faltaba un cómplice, una amiga bien dispuesta que se bancara el riesgo. Por supuesto, S dijo “sí”. Nos propusimos no posponerlo hasta la cancelación, como tantas otras iniciativas. A pesar de lo largo que habían sido nuestros respectivos jueves, nos dimos ánimo mutuo pisando la hora de comienzo y allá fuimos. Más tarde festejaríamos nuestra decisión.

La obra se llama "El pasado es un animal grotesco". Sé que genera sospechas y una especie de fiaca anticipada, pero juro que la obra cae mucho mejor que el título.

Este es el textito con el que la venden, el que a mí me compró: “Una multitud de historias se reúnen para contar las vidas de cuatro personas en un tiempo preciso (1999-2009) a una edad determinada (entre los 25 y los 35), cuando dejamos de ser aquello que creíamos para convertirnos en lo que verdaderamente somos.”

Contundente. Me dio un poco de miedo, pero sobre todo me dio curiosidad. Y justo estaba el temita éste del inminente cumpleaños...

No quiero crear expectativas desmedidas para evitar desilusiones. En lo concreto, yo opino: excelentes actores, lo mejor de la obra, se la cargan al hombro digna y efectivamente. Actúan mil situaciones y personajes, te olvidás de que son siempre los mismos y casi con la misma ropa y, sobre todo, pasan y te hacen pasar de un estado a otro en pocos minutos y con total intensidad. Generada en un periquete, yo alcancé la fase “nudo en la garganta” más de una vez.
Si es del interés del espectador, el tema está bueno y el tratamiento también. La puesta general es dinámica y múltiple, pero no pretensiosa ni grandilocuente. Por la cantidad de situaciones, los objetos van y vienen, repitiéndose, reemplazándose o descartándose. Hay aportes importantes de los efectos de movimiento y de luz, y un plus feliz dado por imágenes fotográficas y de tv. Algunos detalles arbitrarios parecen caer en el texto directamente desde la cabeza del director, y resultan honestos y simpáticos.
Pero no todo es un lecho de rosas. Resulta un poco larga, tiene algunas salidas tiradas de los pelos, a veces llega al punto del divague (o incluso del delirio). Es del tipo de obra que tiene una última escena intercambiable, un final poco certero. Y peca de tocar algunos temas de los que ya escuchamos y vimos bastante.

De cualquier modo, creo que vale la pena. Como dije, S y yo festejamos nuestra decisión.

La data.
Texto y Dirección: Mariano Pensotti
Con: Julieta Vallina, Juan Minujín, Javier Lorenzo y Pilar Gamboa.
Funciones: de jueves a domingos a las 21hs.-
Platea: $45.- Jueves, día popular: $25.-
Este espectáculo se recomienda sólo para espectadores mayores de 14 años.

Teatro Sarmiento
Avda. Sarmiento 2715

(Jardín Zoológico)

Después me cuentan.
Bon Anniversaire!

viernes, 12 de marzo de 2010

Huevada

Como dijo quien hizo la introducción al asunto (mi amiga X), "hay cosas que uno no hizo en la vida, y está bien hacerlas, hay que hacerlas, aunque sea más tarde..." No me resistí en absoluto, X puede dar fe. A esta altura de las cosas yo también había entendido lo que me estaba diciendo.

Para ese entonces ya estábamos metidas en un baño de la facu, con un bolso que rebalzaba de ropa apta y con gente esperando afuera, muy al tanto de todo. Y X tenía un entusiasmo y una convicción tan vehementes que no podía defraudarla…

Las instancias de cierre de carrera habían tenido siempre cierto sabor amargo, por las instancias en sí mismas o por cuestiones coyunturales. Y aunque en cada oportunidad lo fui pasando progresivamente mejor, los pasos para desprenderme por completo de la facu parecían nunca terminar. Incluso del evento honorífico ya había sido advertida, y yo seguía por la vida con la certeza de que me quedaba un escalón más.
Y si bien es cierto que resta una legalización (porque la Sra. Fadu no llegó a hacerla a tiempo para el acto de ayer, obvio), ahora ya están todos los escalones.

Pero eso sólo no hubiera sido suficiente, me conozco, hacía falta algo más. Yo no me di cuenta claramente, ni pude imaginar algo específico, pero por suerte tengo amigos muy intuitivos y muy inteligentes que supieron mejor que yo lo que estaba necesitando. Ellos hicieron las maniobras que hacía falta hacer para involucrar a todos y juntar los elementos necesarios. ¡Felicitaciones por la logística, muchachos! Realmente me divertí.

Cada vez que pasa algo así pienso que algún talento tendré para esto. No me refiero a los diplomas, sino a cierta habilidad para rodearme de gente valiosa. Porque, señores, ayer había mucho material humano, todo junto y revuelto.

Gracias a los que participaron de la "huevada" y del festejo. A los que disfrutaron de enchastrarme. A los que se bancaron ensuciarse. A los que no se lo bancaron (pero se dejaron la remera). A los que organizaron de prepo un festejo casero. A los que cargaron las armas y a los que las trajeron. A los que me transportaron y grabaron todo. A los que conocí post carrera, pero llegaron a tiempo. Y a los malos perdedores de "Carioca" que, de cualquier modo,
son amigos buenos.

¡Los quiero mucho!