martes, 17 de abril de 2012

Planeando sobre BUE / Triplete

Volví a colaborar en Planeando sobre BUE. En este número, el de abril, escribí tres recomendaciones: Latidos, Agustín Viñas y Bien de familia. Respectivamente, en las páginas 15, 16 y 17. Más abajo pego el link de la publicación, me parece más lindo que lean las notas en su hábitat natural.

Y para los entusiastas (o para quienes prefieren pasar hojas tangibles), quedan ejemplares disponibles en los puntos de distribución gratuita listados en la página 24. El BUE recomienda actividades para todo el mes, tienen tiempo de sacarle provecho. Sólo pido que si lo hacen, me cuenten cómo les fue.



martes, 6 de marzo de 2012

Planeando sobre BUE / En la cama

Planeando sobre BUE es una publicación mensual que recomienda espectáculos y actividades culturales. Tiene el tamaño y el aspecto de un diario, y se distribuye de forma gratuita en distintos puntos de la ciudad. Escribí una pequeña nota para el número de marzo. Dejo el link para quien quiera darle una mirada a toda la revista (en la última página, la número 24, hay un aparatado con la lista de lugares donde se consigue en papel). Más abajo, pego la nota hecha y derecha. Ojalá les guste; vale comentar. Y si alguien hace caso a la recomendación, cuente cómo le fue. ¡Saludos!



Fotografía / En la Cama
por Cecilia Navesnik

Esta muestra colectiva, resultado de un taller anual de fotografía documental, parte de una propuesta divertida: todas las imágenes retratan gente en sus camas, dentro de las situaciones y los entornos más diversos. Vislumbré un mosaico variado y atractivo. Vale la pena que lo vean.

¿Estaría dispuesta a ser retratada en la intimidad de mi cama? La pregunta surgió inmediatamente cuando me topé con la frase inicial que presenta la muestra: “Nuestra cama habla por nosotros”. Lisa y llanamente entré en pánico, pero al mismo tiempo me invadió la intriga. Si existe un ensayo documental que parte de esta idea, tengo que verlo.
Por suerte hubo suficiente gente dispuesta a que sus camas hablaran por ellos. Enredos, ausencias, ternura, humor, revelaciones. Éstas son sólo algunas de las cosas que aparecen al recorrer las imágenes que adelantan la exhibición, que se inaugura el 1° de marzo en el Centro Cultural Borges.
Con calidad técnica y evidente compromiso a la hora de encarar el proyecto, diez artistas dan cierre a un año de trabajo en FotoDoc, el taller coordinado por Daniel Merle y Victoria Quintiero que ofrece al público sus muestras desde el año 2003.
En la cama prueba una verdad chiquita pero contundente: con un puntapié simple e ingenioso se puede producir una obra colectiva que mantiene cohesión temática y coherencia estética, al tiempo que deja espacio a las poéticas individuales.
Hay planos generales que permiten entrever las habitaciones y también detalles de recortes mínimos. Hay diferentes puntos de vista y grados variables de improvisación y puesta en escena. Hay cuidadas asimetrías, sugerencias de contraluz e intencionados juegos de foco. Pero todo, siempre, responde a la consigna inicial y se gana su lugar en el conjunto.
Las imágenes nos invitan a entrar en estos universos privados con total naturalidad. Nada es forzado, nada excesivo, nada incomoda. Simplemente nos ubican para mirar desde el mejor rincón.
Cada casa es un mundo, cada familia es un mundo, cada pareja es un mundo. Acá, cada foto es un mundo, cada foto es una historia (o varias historias). Los protagonistas son los retratados y la mirada de quien los fotografía. La cama, un soporte eficaz y una excelente excusa.

Del 1° al 18 de marzo en el Centro Cultural Borges (Viamonte esquina San Martín). Lunes a sábado de 10 a 21hs. Domingos de 12 a 21hs. Adultos: $15. Jubilados y estudiantes: $10. Menores de 12 años: sin cargo. www.ccborges.org.ar

martes, 7 de febrero de 2012

La Ciudad Captada

Eternautas organizó una convocatoria para recolectar fotos de la ciudad de Buenos Aires. Después esas fotos serían enviadas de manera azarosa a un grupo de escritores, quienes dedicarían un texto a la imagen que les tocara. La iniciativa fue creciendo y todo terminó en un blog.
Yo también participé en el proyecto, acá va el link por si quieren darse una vuelta. El texto aparece con mi nombre y se llama Norteamérica. Va dedicado a mis abuelas y a mis alumnos del Rojas, que no escatimaron a la hora de darme mucho cariño y mucho (mucho) material.
Ojalá les guste.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Llerena

miércoles 27 de julio de 2011 / anochecer

Hoy caminé por mi calle más allá de lo que suelo ir. 
Descubrí que no tengo sólo un chino enfrente (con dos chinos jóvenes hermanos que saludan con un “holasss”, y algunos chinos más, cuyo vínculo con el resto no llegamos a dilucidar; con otro chino jovencito que repone productos en las góndolas mientras canta a viva voz canciones chinas de moda; con un verdulero infalible y latinoamericano, con sonrisa a lo Chayanne, que a mí me dice “señora” y a M, “amigo”).
No tengo sólo el subte a tres cuadras, unos fanáticos del “Fitito” a la vuelta (que se juntan en una casa que parece un taller mecánico), un edificio misterioso en la esquina (y una chica que barre la vereda, con la puerta suficientemente cerrada como para que uno no pueda ver adentro y siga pensando que se trata de una empresa o laboratorio, pero siempre sin saber de qué), un colectivo muy necesario y muy forro (el 133), y otros dos útiles y más gauchos (el 113 y el 111), una casa musical al otro lado de la manzana (donde en ciertas noches, siempre impredecibles y discontinuas, se ve un altillo iluminado y suenan tambores y aplausos), una pareja de vecinos jóvenes (que cuelgan ropa en su terraza semi-hippie, en un ténder tipo abuela en forma de estrella, y la ropa es siempre rayada, floreada, escocesa o estampada; una vez a él lo vi cosiendo muñequitos de tela, otra vez creí cruzármelo en la verdulería de Chayanne), una terraza donde un grupo de motoqueros que gustan del rock dejan las botellas de cerveza vacías que toman en cada reunión (la terraza es prolija y de piso verde, con parrilla; a lo largo de los días y las lluvias vi cómo se borraban, blanco sobre marón, las etiquetas de las botellas que siempre seguían ahí; ya había visto a algunos de ellos, recostados y panzones, tomando cerveza y sol).
No hay sólo una hora de los perros en la que todos ladran juntos (creo que era cerca de las seis o siete de la tarde; al principio la distinguía, ahora ya no la escucho), ni sólo un ascensor que hace un pitido en cada piso, y cuyo recorrido puedo seguir de principio a fin (deduciendo siempre quién llegó o quién se fue).
No tengo sólo un Claudio-constructor-administrador, con una mujer extra coqueta y extra amable. Una mujer que me habló de Violetas de los Alpes y que festejó que yo llegara con la llave un día en que tenía que abrir la puerta de entrada con sus uñas recién pintadas. (De ellos pensamos que son evangelistas y pastores.)
No tengo sólo una vecina grande y soltera, con un gato del que siempre me habla y al que yo nunca vi. Está preocupada por lo ruidoso que pueda ser; una vez desapareció por algunos días y vino a tocarme el timbre para ver si me lo había cruzado en algún pasillo. Con esta vecina me encuentro mucho en el chino, y alguna vez me preguntó por un pinito que compramos para Navidad y que se murió en el balcón antes de fin de año. (Esta vecina nos mira.)
No tengo sólo un antro mezcla de pool y tugurio llamado “Edén”, sino también una pseudo parrilla con rocola y olor a grasa, donde una vez vi, muy temprano a la mañana, a un hombre entrado en años desayunando cerveza y leyendo el diario. En la misma cuadra hay una kiosquera rubia y gorda con una hija hecha a imagen y semejanza, las dos antipáticas, las dos careras. Tengo también una panadería grossa, poco cálida y siempre llena, y otra de calidad dudosa, con vendedoras gastadas, siempre abierta. Un vivero que huele a comida de perro, donde compré algunas plantas por pura intuición porque nunca me atendieron con demasiada pericia. Tengo la inmobiliaria en cuestión camino al subte, siempre triste, beige e incomprensible.
Tengo una terraza convocante a la que fui menos de lo que debería, y un balcón con algunas plantas que triunfaron por más fuertes, y que ahora florecen y florecen, aún en pleno invierno.
Ah…y tengo una vecina loca, con lavadero y lavarropas. Tiene una hijita más bien silenciosa y una madre a la que culpa, siempre (siempre) a los gritos, por toda (toda) su vida.
Tengo un armario que fue un infierno mudar y armar, pero en el que metemos todo.
Tengo muchos frasquitos de especias, y tengo cada vez más.
Tengo una mesa tipo chapadmalense y otra que fue mexicana, una silla por mesa de luz, un reloj junto a la puerta, un felpudo para lluvia y espejos horizontales, para poder vernos de a dos.
Hoy caminé por mi calle más allá de lo que suelo ir y vi que tengo más: tengo vecinos que deambulan al anochecer, muchas casas muy lindas, una carnicería con poster de Papá Noel, algunos almacenes ocultos, varias ventanas tapiadas, algunos edificios muy nuevos, muchos carteles de venta, un club social de “baby-fútbol” y un perro, enorme y clarito, que se asoma a la calle entre cortinas rosadas.
Todo eso y mucho más, todo en Llerena.

Adjetivo

feliz

1. adj. Que disfruta de felicidad o la ocasiona:

Hoy es un día feliz.

2. Oportuno, acertado:

Tuvo la feliz idea de llamar antes de salir.

3. Que sucede sin contratiempos:

Que tengas un feliz viaje.


Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe

domingo, 26 de junio de 2011

Fragmento

-¿El diablo?

-Llámelo como quiera.

-A mí me importa un bledo. No creo en Dios, luego tampoco creo en el diablo.

-Yo creo en el enemigo. Las pruebas de la existencia de Dios son frágiles y bizantinas, las pruebas de su poder todavía son más inconsistentes. Las pruebas de la existencia del enemigo interior son enormes y las de su poder son abrumadoras. Creo en el enemigo porque todos los días y todas las noches se cruza en mi camino. El enemigo es aquel que, desde el interior, destruye lo que merece la pena. Es el que te muestra la decrepitud contenida en cada realidad. Es aquel que saca a la luz tu bajeza y la de tus amigos. Es aquel que, en un día perfecto, encontrará una excelente razón para que te tortures. Es aquel que te hará sentir asco de ti mismo. Es aquel que, cuando entreveas el rostro celestial de una desconocida, te revelará la muerte contenida en tanta belleza.

(Amélie Nothomb, “Cosmética del enemigo”, Colección: Los 40 de Anagrama, N°12, pág. 20, Editorial La Página S.A., Buenos Aires, 2010)

martes, 12 de abril de 2011

Clarice

Para todos los que quieren a Clarice tanto como yo (sé que entre mis amigos hay muchos). Gracias, Coca, por la búsqueda atenta y el recorte apropiado.

Contratapa | Viernes, 8 de abril de 2011

Había una vez un pájaro

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Por Juan Forn

Tom Jobim fue a visitar al maestro Vilalobos. El maestro estaba en su estudio, escribiendo sobre la tapa del piano, mientras en el resto de la casa había un griterío imposible. Jobim le preguntó cómo podía trabajar así. Vilalobos contestó: “El oído de afuera no tiene nada que ver con el oído de adentro”. Clarice Lispector tenía el oído de adentro tan permanentemente prendido, que parecía estar siempre en otra. Es tristemente célebre que un día de 1967 se durmió con un cigarrillo prendido y se prendió fuego y se salvó de milagro. Igual de famoso es su terrible mito de origen. “Mi madre estaba enferma, y por una superstición muy difundida se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad.” La enfermedad era sífilis y se la habían contagiado los soldados rusos que la violaron, en Ucrania, durante los desmanes posteriores a la guerra civil bolchevique. Lispector fue concebida deliberadamente para eso: para curar a su madre. Ya estaban huyendo a América. “Pararon en una aldea llamada Tchechelnik para que yo naciera y siguieron viaje.” El plan era llegar a Brasil. Llegaron a Recife y muy pronto se hizo evidente que la madre no se había curado. Moriría cuando Clarice tenía nueve años. “Siento hasta el día de hoy esa culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano. Pero yo no me perdono.”

Difícil toparse en la vida o en los libros con una persona tan enamorada a la vez de la vida y de la muerte como Clarice Lispector –salvo quizás Isaac Bashevis Singer, pero la gracia incandescente de Lispector es que sea mujer, además de judía ucraniana brasileña–. Si me conceden una breve incursión por la autopista de las generalizaciones, nadie entiende mejor el precio de la vida, en todos sus sentidos, que un judío. Y nadie entiende mejor la paga de la vida que un brasileño. Si esas dos naturalezas convergen en alguien, y no se neutralizan, se potencian de manera inconcebible. Uno de sus traductores, Gregory Rabassa, dijo una vez: “Si Kafka fuera mujer y brasileña, si Marlene Dietrich escribiera...” Yo lo diría así: no hay nada más glorioso que una mujer loca de amor por la vida, y nada más pavoroso que una loca de amor por la muerte. Lispector era las dos. Reaccionaba con todo su cuerpo a cada primavera (“Siento un perfume de polen en el aire. Tal vez sea mi propio polen”), era capaz de salir a la calle un día de sol después de una gripe y no poder contenerse de decir, a quien quisiera escucharla: “Qué lindo es estar con los demás”. Y a la vez escribir: “Después de morir no se va al paraíso: el paraíso es morir. Lo que llamo muerte me atrae tanto que sólo puede calificarse de valeroso el modo en que, por solidaridad con los otros, me aferro a lo que llamo vida y, a pesar de la intensa curiosidad, espero”.

Me faltó contar que el padre de Clarice también murió cuando ella y sus hermanas eran adolescentes. Ya vivían en Río para entonces. Clarice se las rebuscó para estudiar derecho, mientras trabajaba de secretaria y después de periodista, a los 22 se casó con un diplomático y estuvo veinte años cumpliendo ese triste papel en destinos varios europeos, hasta que se divorció y volvió a Brasil con sus dos hijos (uno esquizofrénico) y se instaló en el departamento entre Leme y Copacabana en el que viviría hasta su muerte en 1977. Había empezado a publicar sus libros rarísimos cuando era esposa de diplomático. Los siguió publicando cuando volvió a Brasil. Además, aceptaba el trabajo que fuese para parar la olla. Tradujo (con legendaria desidia) novelas de Agatha Christie y Simenon y Anne Rice. Escribió, con seudónimo, un consultorio sentimental en el que sólo recomendaba el uso de productos Ponds (era la marca que financiaba la columna). En la pared de aquel living en Leme tenía un retrato que le hizo De Chirico en Roma, en 1941 (no era a De Chirico a quien debió haber conocido, sino al hermano loco del pintor, que es el secreto mejor guardado de la literatura italiana, pero siempre pasan esas cosas: Duchamp pasó al lado de Gombrowicz en el Tortoni y ninguno de los dos lo registró, ninguno sabía quién era el otro). Creía en la magia, en cualquier magia. Nadie describió mejor que ella la relación con los ansiolíticos (“Cuando tomo una pastilla no oigo mis gritos. Sé que estoy gritando pero no me oigo”). Torturaba a los amigos por teléfono en medio de la noche. Mentía como nadie, y decía la verdad como ninguno.

Eso se hizo evidente en 1967 cuando aceptó hacer una columna semanal, cada sábado, en el Jornal do Brasil. Sus amigos, su editor, todos le dijeron lo que tenía que hacer: “Sea usted misma”. Ella, que se había pasado la vida preguntándose “si yo fuera yo, qué haría”, pidió a sus lectores: “Avísenme si empiezo a convertirme en demasiado yo misma”. Les dijo también: “Hoy sólo quería escribir, y serían dos o tres líneas, sobre cuando un dolor físico pasa. De cómo el cuerpo agradecido, todavía jadeando, ve hasta qué punto el alma es también el cuerpo”. Y también: “Me siento tan cerca de quien me lee”. La leían los taxistas y los filósofos, los juerguistas que miraban hacia su ventana a ver si había luz, cuando pasaban por su calle, y las vecinas que le dejaban de regalo ollas de moqueca de pulpo recién hecha. Escribió durante seis años esa columna, cada sábado. Dijo en una de ellas: “Quiero que los otros comprendan lo que jamás entenderé”. Les enseñó a los brasileños que se podía pensar sin ser racional (“Estoy habituada a no considerar peligroso pensar. Pienso y no me impresiono. Pero no soy intelectual, ni racional. Eso es usar sobre todo la inteligencia, y yo no hago eso: lo que uso es la intuición, el instinto. Voy a ver una película y no entiendo, pero siento. ¿Voy a verla de vuelta? No, no quiero arriesgarme a entender y no sentir”).

Estaba tan impresionada por los ojos tristes del joven Chico Buarque que quiso ayudarlo. El le dijo: “Rece por mí. No importa cómo. Porque tengo la secreta certidumbre de que usted está más cerca de Dios que yo, a pesar de lo maliciosa que es con El”. Ella le contestó desde una de sus columnas: “Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando. Así que yo estoy rezando por ti, Chico”. Sus hijos se quejaban de que nunca les contase un cuento que empezara Había Una Vez; la acusaban de no ser capaz. Ella dijo que sí era capaz. Y esto es lo que le salió: “Había una vez un pájaro. Dios mío”. Hay quien lamenta el triste destino de esos dos hijos. Yo creo que no ha de haber estado nada mal vivir al lado de una madre capaz de decir: “A medida que los hijos crecen, la madre debe disminuir de tamaño, pero la triste tendencia es seguir siendo enorme”. Una madre que confesaba: “Siempre fue y será una fiesta para mí cuando se rompe en casa un termómetro y se libera la gota gorda de mercurio plateado contenida en él, ese núcleo indomesticable”. El corazón del mundo le latía en el pecho. Se murió un día antes de cumplir 52 años. Había una vez un pájaro. Dios mío.

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