jueves, 25 de noviembre de 2010

Reportes (capítulo 1)

Los sitúo. Como muchos saben y otros no, estoy haciendo tours para extranjeros por la ciudad. Cada vez que hago una guía tengo que presentar un reporte. Intuitivamente fui intentando que los reportes no tuvieran tono de telegrama ni de informe técnico. Para no aburrirme yo, y para que no se aburriera quien leyera.

Escribía textos kilométricos y minuciosos. Con el tiempo empecé a creerlos inútiles y faltos de público. Sin embargo, después me enteré de que eran bien recibidos en la oficina en cuestión. Así que volví a arremeter, ya sin escatimar.

Me pareció que podía resultar pintoresco colgar alguno acá. Los tours suelen dar material, y hoy por hoy, los reportes son la literatura que practico con obligada disciplina y mayor asiduidad.

Pego dos. Ojalá les gusten.


PD: Van dedicados a FF, la receptora oficial. Por la buena onda de siempre, por el incentivo y por ser ávida lectora.


REPORTE: Tour dom 14/11/10, city tour-caminata, 3hs, 2 pasajeros USA, Guía: Cecilia.

Fue un tour con particularidades. En parte por el tipo de tour, y en parte por el material humano.

Pasé a buscar a los pasajeros por el hotel en Hipólito Yrigoyen al 600, cerca de Plaza de Mayo. Me estaban esperando; al verlos intuí lo que venía. Eran una pareja de unos 60 y pico. Él, enorme. Vestido de color caqui. Riñonera. Gorra con visera de corderoy desteñido. Ella, bastante grande también. Muy rubia. Polera violeta y anteojos ahumados, también violetas. Camarota de fotos y buzo polar atado a la cintura.

Mark y Patricia.

Caminaban despacio, pero no por una cuestión de dificultad, sino de tamaño.

Me presenté. "Cristina?", dijo ella. "No, Cecilia", dijo él (y sería el único tema en el que él escucharía bien y la corregiría a ella). "Cristina is the name of my mother and also the name of our president", dije yo. "Really?", dijeron. Y rieron.

Ella me llamó Cecilia y también me llamó Cristina alguna otra vez en el tour. Él volvió a corregirla. Yo le dije que no se preocupara, que si me decía Cristina yo le respondería igual. De nuevo rio.

No estaba muy claro por qué venían a Argentina y no sabían casi nada de la ciudad. Sin embargo, me fui enterando de que viajaban bastante. Habían ido a Perú y a Ecuador. Cuando pegunté los motivos del viaje, ella me contó que querían ir a Ushuaia y que en Buenos Aires estaban de paso. Un retraso los había obligado a quedarse más de lo planeado. El día siguiente lo pasarían en Colonia y volverían acá sólo para irse al sur.

Como dije, venían bastante en cero. Ella había leído un poco sobre Evita en su juventud, pero de todo lo demás tomaba apuntes en unas hojitas diminutas que sostenía en la palma de la mano. Algunas veces me pedía que repitiera datos específicos para anotarlos correctamente.

La traumaba el hecho de que no le salía decir bien "Buenos Aires". La ayudé con la dicción y la fonética. Modulamos una frente a la otra. Dedicamos un ratito a eso.

Eran de Alaska, me contaron. Luego noté que un bordado en la gorra de él lo había anunciado desde siempre. Me hablaron de Alaska, de sus 4 hijas, de 9 sus nietos.

Salimos del hotel y era como si tambaleasen, como si aún conmigo marcándoles el camino, estuvieran perdidos, sin saber a dónde ir. Ella se escabullía y yo tenía que estar buscándola. Normalmente se apartaba para sacar fotos.

Apenas estuvimos en la calle, escucharon música en Av. de Mayo y quisieron ver qué había. Era un escenario montado que cortaba la calle. Un grupo de gente disfrazada bailaba la danza típica de algún lugar. Más tarde nos enteraríamos por el locutor de que era un baile ruso.

En ese primer momento, aturdidos por el volumen de la música, él me hizo la pregunta que lo estaba atormentando. Aparentemente había dos preguntas que los atormentaban y querían evacuarlas lo antes posible. La primera: ¿En Uruguay usan la misma moneda que acá? La segunda: "Honey...which was the other question?...no la recordaban.

Tuve que gritar un poco la respuesta. La música estaba fuerte y él, en general, no escuchaba bien.

Fuimos a Plaza de Mayo. Después hicimos una larga y lenta caminata hacia San Telmo. Quisieron ir a lo largo de toda la feria que lleva a la plaza: una fila interminable de gente que subía en dirección al sur. Les encantaron los puestos, las estatuas vivientes y los números callejeros.

Apenas vio que había feria, ella me anunció que le venía bárbaro porque quería comprarse una bufanda con violeta (evidentemente) o algo de azul.

En las primeras dos cuadras se compró tres bufandas. Cada vez encontraba algo más parecido a lo que había imaginado. Cada vez le pedía la plata a él. Más tarde, él me preguntaría si siempre había que quedarse con el precio anunciado o se podía regatear.

Un par de veces ella le preguntó al marido si estaba bien o necesitaba cerveza. En un momento dije que podíamos comprar cuando quisiera, que podía tomar mientras caminaba. Finalmente quiso. Entramos a un super chino. Compró una Quilmes. Más adelante me enteraría de que él producía cerveza por hobby. Le pregunté por la Quilmes: le había gustado mucho.

Paréntesis: Noté en varias oportunidades que, cuando parábamos o cuando él caminaba detrás de ella, se dedicaba a sacarle de la espalda y los hombros los pelos rubios que habían caído de su cabellera. Lo hacía con gestos minuciosos, suavemente, casi con gracia. Algo que no se condecía para nada con su impronta general.

Bueno, tengo que decir que los lugares visitados o lo que yo pude contarles fue lo menos importante. Llegamos hasta Plaza Dorrego, pero ya habíamos visto bastante de eso así que decidimos partir. Les describí las opciones posibles. Como querían ver algo diferente, eligieron el norte. Perfecto.

Taxi. Un chofer amable y bien predispuesto permitió que ese recorrido se convirtiera en un city tour clásico. El único tema fue el tamaño. Éramos tres personotas (cuatro con el chofer) en un auto standard. Íbamos justos. Igual ellos parecían contentos con lo que veían, sorprendidos por los contrastes que ofrece la ciudad.

Vimos bastante del norte y ya camino a Recoleta él me hizo dos anuncios. O, digamos, otros dos requerimientos que necesitaba evacuar. El primero: un cajero automático. El segundo: un baño.

El problema fue que quería específicamente un Citi Bank y tuvimos que hacer una búsqueda exhaustiva. Finalmente encontramos uno.

Llegamos a Recoleta. Los llevé a un baño. Pero entre pitos y flautas, se hizo tarde y nos cerraron la puerta del cementerio en la cara. Pensé que sería trágico, pero no. Los llevé hasta una de las puertas de reja donde pudieron ver un poco el lugar y hacerse una idea de lo que era. Les conté un poco del cementerio, les conté que podían volver cualquier día y parecieron conformes. Me lamenté por no poder entrar, pero ellos estaban contentos de haber elegido el norte de cualquier modo porque pudieron ver mucho y cosas bien diferentes.

Como dije, con las vueltas ya estábamos justos de tiempo, así que empezando el regreso al hotel en ese momento, terminamos re bien igual.

Tomamos el segundo taxi. Dudaron un poco entre ir al hotel o que los dejara en algún lugar para comer. Dudas...Hotel. Pagué. Bajamos. Ahí nos despedimos. Dentro de su particularidad, los sentí conformes. Me saludaron amables y se fueron, lentos.

Cuando crucé Av. de Mayo camino al subte estaban desarmando el escenario ruso. Ya no había música, sólo unos pocos turistas.

Ahí me di cuenta de que nunca supe cuál era la segunda pregunta que querían evacuar.


REPORTE: Tour jue 18/11/10, tour de arte, 3hs, 2 pasajeros USA, Guía: Cecilia.

TÍTULO: “Arte, arte, arte”

FECHA DE REALIZACIÓN: 18 de noviembre de 2010.

LUGAR: Buenos Aires, Argentina.

DURACIÓN: 160 min.

PERSONAJES: ella, él, el chofer, X (el chico de la agencia), Marta Minujín y yo.

LOCACIONES: la Recova cerca del Four Seasons, el Passat negro que nos transportaba, el MNBA y el Malba.


ARGUMENTO:

Una pareja yanqui de unos 45 años, con bastante dinero, está de visita en Buenos Aires y decide tomar un tour de arte.

Venían a Argentina por algunas semanas. Habían visitado Mendoza y Carmelo (Uruguay) para el momento del paseo. Evidentemente viajaban mucho (mucho) y les gustaba que se notara.

Esa mañana habían salido a “dar una corrida” por las inmediaciones del Hyatt, donde estaban hospedados. Habían almorzado en Piégari. Tardaron menos de lo pensado. En los minutos que quedaron entre el almuerzo y mi llegada, decidieron ir a caminar.

Luego del encuentro en La Recova, vino el tour. Ella tenía anotado prolijamente en un papelito lo que se suponía que verían: Colección Fortabat, Centro Cultural Recoleta y algo más. Luego de la visita al primer museo desplegó la información para corroborar. Yo expliqué cuál era el tour que efectivamente harían, quizás había habido una confusión. Ella no quedó del todo satisfecha, pero para ese entonces ya había bastante buena onda conmigo, yo les traté de explicar por qué este tour era mejor que el otro y ya no había mucho que pudiera hacer.

El resto del paseo avanzó sin mayores contratiempos. Me encontré contándoles cosas de la ciudad en los recorridos en auto e incluso dentro de los museos porque a veces necesitaba situarlos. Habían visto bastante de Buenos Aires, pero de manera dudosa: no sabían de la existencia de Plaza de Mayo, por ejemplo.

En cuanto al contenido de arte, todo salió bien. Los pasajeros entendían bastante. Estaban evidentemente interesados y se notaba que eran habitués de museos. Con muchas cosas se sorprendieron, parecía que no esperaban el nivel con que se encontraron.

En líneas generales, hicimos todo bastante rápido. No era que no hicieran preguntas, pero sus comentarios eran escuetos y noté que tenían una tendencia a la hiperkinesis. De hecho, después del tour se iban al hotel, de ahí al Colón y de ahí a cenar. Sin embargo, eso no les fue suficiente y presencié un pedido que le hicieron al chofer para que arreglara una pasadita por “Tequila” esa misma noche.

Como dije, entre la hiperkinesis y los traslados cortos, terminamos temprano. Ellos sabían que el arreglo era que los devolvíamos al hotel, pero me comunicaron que, si no me parecía muy lejos, preferían caminar. Calculé, evalué, medí y concluí que era propicio. Así que, mapa en mano, les expliqué qué camino les convenía tomar. Nos despedimos en la puerta del Malba. Parecían contentos con el tour y conmigo, pero reconozco que dudé un poco de la sinceridad de esta gente. O, digamos, sentí que agregaron una cuota extra de sonrisa blanqueada que me costó descifrar. Espero haber sido mal pensada…

Sendas sonrisas blancas.

Funde a negro.

Fin.


DESCRIPCIÓN DE PERSONAJES:

ELLA: Delgada, en forma, pelo planchado, dientes blanqueados, piel tostada, jeans ajustados, tacos de leopardo. Había vivido en todos lados. Entre ellos, en España, así que hablaba algo de español (además de francés, claro).Venía practicando con el chofer. Aseguró que, por algún motivo que no comprendía, la gente la paraba mucho en la calle para pedirle direcciones o explicaciones, y ese era uno de los secretos de su condición de políglota.

Ella era la más interiorizada en los temas artísticos, y lo hacía saber. Como ya dije, también era la que desplegaba papelitos para corroborar cositas. Creo que llevaba la batuta.

Reconozco que asumí (prejuiciosa) que se trataba de una pareja de solteros eternos. Sin embargo, ella me habló de los dibujitos que hacían sus hijos cuando le pregunté si le interesaba comprar arte, si tenía. Dijo “tengo una pequeña colección en casa, y muchos cuadros de mis hijos”. Yo dije (ahora enternecida) que esos, seguro, eran los más lindos. Ella respondió: “No sé si los más lindos, pero sí los más baratos”. Punto.

ÉL: Esbelto, pelada incipiente cubierta por un “flequillo” crecido + pony tail, dientes blanqueados, piel tostada, camisa escocesa, botas tejanas. Él no dijo hablar más que inglés, pero sus maneras me cayeron más honestas. Paradójicamente sentí que el intercambio con él, aun en una sola lengua, era más fluido.

No me quedó claro si tenía una formación o base artística sólida, pero parecía apreciar lo que veía. Se entusiasmaba y disfrutaba todo, casi como un niño. Quizás por eso, o quizás porque hice causa común con él frente a los golpes de la batuta, lo quise más.

No puedo afirmar que sea él el padre de los hijos de ella.

EL CHOFER: Simpático y de traje. Sonrisa amplia, con una pizca de viveza argentina. No perdió oportunidad de hacerme los chistes clásicos del vínculo chofer hombre- guía mujer, pero muy muy amable. Hablaba algo de inglés y se notaba que se llevaba muy bien con ellos. Aparentemente era el encargado de trasladarlos a todos lados hacía días.

Fue el primero que me advirtió del flequillo yanqui: “No vale reírse del peluquín”, me dijo cuando nos saludamos.

X (el chico de la agencia): Un muchacho simpático y correcto. Previo a nuestro encuentro me llamó para avisarme exactamente dónde estaban él, el chofer y el Passat negro, y para contarme que los pasajeros habían terminado de almorzar y habían ido a caminar un rato.

Llegué. Los encontré. Nos presentamos. El chico de la agencia debía ser un tal Nacho (ese era el nombre que yo tenía). Saqué yo mi papelito para corroborar cositas y lo interrogué. Simplemente había habido un cambio de planes, pero sí, Nacho y él trabajaban juntos.

“Cualquier cosa, llamáme. Con la llamada que te hice ya tenés mi celular. Son re buena onda…”, me dijo al despedirse.

MARTA MINUJÍN: Delgada, piel blanquísima, de negro, pelo súper platinado o quizás blanco, labios rojo sangre, anteojos oscuros y grandes.

Marta participó sin buscarlo ni quererlo. Apenas bajamos del auto en la puerta del Malba nos topamos con los miles de afiches que anunciaban su próxima muestra retrospectiva. Aunque no iban a verla porque se inauguraba recién el 25, me pareció que estaba bueno contarles un poco quién era y cómo era la muestra que iban a hacer, también en vistas a que después encontrarían las fotos de ella con Andy Warhol.

Les conté con los afiches de fondo. Una vez adentro vieron las fotos con Warhol y los hice asomarse a la terraza, donde un grupo de barrenderos limpiaban de jacarandás el piso donde se apoyaban algunas de sus esculturas. Más tarde pudimos espiar los preparativos de la sala a través de un nylon transparente con varios agujeros. A ELLA le encantaron las esculturas de cabezas particionadas, y toda la propuesta en general los entusiasmó. ELLA me preguntó qué edad tenía Marta; yo arriesgué sesenta largos.

Era casi el final de tour. Bajábamos la escalera mecánica camino a la librería, nuestra última parada. Yo venía hablando y en eso ÉL dice: “¿No es ella?”. Miré. Miramos. Era ella. Era Marta. Entraba al hall del museo escoltada por un séquito de mujeres súper amables que la conducían al ascensor. La vimos cruzar todo el salón al tiempo que nos deslizábamos escaleras abajo.

Me impresionaron la piel blanca de Marta y sus labios muy rojos. Se veía sólo un poco de su cara detrás de los anteojos negros.

A mí me divirtió verla. ÉL estaba orgulloso de su descubrimiento. ELLA lo felicitó por estar atento. Después, giró hacia mí y me dijo: “She´s probably seventy…”. Punto.

martes, 24 de agosto de 2010

Un pucho permitido

Había una vez un bar. Estuvo ahí por años. Pasé por la puerta mil veces, casi sin notarlo. Creo que tenía la sensación de que siempre iba a estar ahí. Era escenografía, sólo una fachada, quizás un leve misterio.
Un día, hace poco, S y yo decidimos entrar. Fuimos en pocas ocasiones, las suficientes. Llegamos a quererlo. Supe cuánto lo extrañaría el día que me enteré de que lo habían cerrado. S me mandó un mensaje: “tiene todas las ventanas tapadas con diarios”. Imaginé a S viéndolo desde un colectivo en movimiento, girando la cabeza y después el cuerpo, presa de un impulso ridículo por detener el viaje y bajar. Ridículo y solitario, en medio de pasajeros anónimos que no compartían la sorpresa ni comprenderían el arrebato.
Era un bar fuera de contexto. Lo habían puesto en un barrio que no tenía mucho que ver con él, en una manzana que no le correspondía, frente a una plaza que le era ajena. Quizás había sido un lugar pituco, ahora sólo se esforzaba. Le quedaban (medio) pitucas las mesas, las sillas y la barra. También se jugaba al pool. Era un poco viejo, un poco beige, un poco cursi, un poco whisky. Y al mismo tiempo estaba vivo, siempre cuidado, completamente actual.
Lo atendía un gallego simpático y panzón. No simpático canchero, ni simpático de chiste. Diría simpático y señor. Siempre asumimos que era también el dueño. Se paseaba por detrás de la barra como si estuviera en su cocina. Claramente ponía su música y servía lo que le gustaba tomar.
Era un lugar cómodo y extraño. Lo frecuentaba gente disímil: caballeros de trago en mano, chicos demasiado jóvenes, parejas de amor fugaz. Pocas personas era el número usual. Excepto los claros habitués, todos, siempre, parecían haber entrado por casualidad.
Un día sonaba Sabina y S quiso fumar. Cuando el gallego se acercó a tomar nuestro pedido, S le preguntó si podía. El hombre dijo: “No, no se puede… Prendelo. Si alguien viene y te pregunta, yo no te dejé”. Y se alejó riendo, con su amabilidad sin estridencias.
El bar Sabina tenía las ventanas tapadas. Leí el mensaje en un subte. Estaba lejos de todo e igual tuve el impulso de bajar que imaginé para S. Con los diarios, el bar se hacía parte de nuestra historia. Se hacía historia a fuerza de capítulo cerrado, y era como si el avance del tren agravara mi sensación de pérdida, mi certeza de pasado.
“Quiero una cerveza y un pucho permitido ahí y en ningún otro lado… Me re gustaba ese bar, su ingenua turbiedad, su familiaridad nocturna. Le hacía bien a Belgrano. Ufa.” Esto respondí yo a la imagen de los diarios. Respondí esto por no poder bajar.

viernes, 6 de agosto de 2010

Entusiasmo cinematográfico










Las vi en este orden, de unos meses atrás para acá. La última, hace un par de semanas. Con cada una fui acumulando entusiasmo cinematográfico, pero necesité ver estas tres para que todo tomara forma.
Reconozco que no son para público amplio, hay que ir con predisposición y a veces con paciencia. Pochocleros abstenerse.
Todas me gustaron, y aunque son historias y formatos muy diferentes, me gustaron por lo mismo: lograron conmoverme.
De manera más o menos directa, las tres se refieren a la infancia o de la vejez, y a veces a las dos cosas. Hablan del paso del tiempo, pero sobre todo, de los vínculos con otras personas.
Repito, me conmovieron. Y cuando tuve que ser (un poquito) paciente, siempre valió la pena.


“Las playas de Agnès”

Un documental que a veces juega con la ficción. Una especie de autobiografía arbitraria, delirante y muy querible de la cineasta/artista Agnès Varda. Una viejita (aunque el término le quede lentísimo) que vivió e hizo muchas cosas, pero sobre todo que vive queriendo hacer más. Aunque alguna vez sentí que la peli se iba de mambo, es tierna e inteligente. Ella la tiene clarísima, y un modo de narrar muy actual. O de otra época, pero vigente. Me sorprendió. Te vas con ganas de que, cuando llegue el momento, te salga ser una viejita símil Varda.

“Stella”
Ficción situada en los años 70, en París. Mucha ropa y espacios hippies que, en lo personal, me convocan. Una nena cuyos padres tienen un bar un poquito antro, que resulta mucho antro para que ella vaya a una escuela donde ningún chico tiene padres que tienen un bar.
Los viejos son medio desastre y están sobrepasados por sus vidas; ella conoce a una amiguita que le mostrará/enseñará cosas nuevas; en la escuela lo pasa mal y después mejor. Stella va haciendo lo que puede.
La peli también incluye otras cosas que, en lo personal, me convocan. Si lo dijera la propia Stella, sería más o menos así:
-Una parte romántica del tipo “descubro los libros, me encanta leer, se me abre un mundo nuevo y me fanatizo”.
-Mis primeros acercamientos con muchachos.
-Tengo otra amiga más rea a quien veo cuando me voy de vacaciones.
-Vivo situaciones turbias en el bar de mis viejos.
-Todo es jodido a mi alrededor, pero logro sobreponerme.
El mensaje final es de esperaza. Nunca recuerdo los finales de las películas, pero sí las sensaciones que me dejan, y creo que ésta fue de esperaza.

“La Pivellina”
(Piensen todo esto en italiano) Lo primero que voy a decir es que AMO A TAIRO CAROLI. Tairo Caroli es el actorcito adolescente que pasa a ser una especie de hermano para la nenita protagonista. Querés abrazarlo o llevártelo a tu casa cuando termina la peli, y por supuesto, seguirle el rastro de manera cercana si avanza con su carrera actoral. Lo amo, ¡y encima se llama Tairo! (los personajes en la peli se llaman como se llaman los actores en la vida, así que por suerte él se llamó Tairo todo el tiempo).
Argumento: Abandonan a una nenita de unos 2 años para que la cuide una familia de circo (no seamos prejuiciosos y dejemos de lado la sensación de cliché). Gracias a una nota que dejan con la nena, desde el comienzo existe la certeza de que van a volver a buscarla.
Hay una mina grande con su pareja (él es payaso), y amigos/familia que viven en casas rodantes vecinas. Están instalados ahí hace años. Hay poco trabajo. Tairo no es hijo de ellos, pero lo tratan como si lo fuera, o como si fuera nieto. Todos terminan adorando a la nena.
La pivellina es un piojito que apenas habla, pero que actúa brillantemente. O, digamos, un piojito que hizo todo lo que necesitaron que hiciera. La película es muy verosímil y todos los actores son excelentes: es evidente el mérito de los directores. Los directores son dos y vienen del ámbito documental, cosa que se nota en la peli, en el mejor de los sentidos.
Una película sensible, con tiempos y ritmo muy acertados, y llena de sutilezas gratificantes. Un detalle que a S y a mí nos encantó: En una escena la "familia” pasea, van todos caminando por la playa. La mujer lleva a la pivellina en brazos. Le ataron un globo a la capucha de la camperita, y el globo vuela con el viento. No pasa nada, pero por algún motivo esa imagen nos resultó muy emotiva. Logra transmitir una sensación de familiaridad muy fuerte.
Queda claro que me gustó mucho. A S también.

NOTA para quien vea la peli: Pueden inscribirse para adquirir un mono de peluche elongado y bailarín como el que aparece en la escena final. S y yo ya estamos en la lista.

viernes, 18 de junio de 2010

Un incentivo potente

Ay, gente, no sé qué decir. Tampoco sé bien qué pasó con el post del portero y el paraguas que generó una respuesta tan positiva, con tantos comentarios. Confieso que entro al blog continuamente a ver si hay uno nuevo, y lo mejor es que ¡todas las veces hay uno nuevo! Mi idea siempre fue conseguir este nivel de intercambio. Estoy chocha, no puedo negarlo.
Con ciertas excepciones, hasta ahora sentía que mi blog era un espacio chiquito y de tímido alcance, que rara vez lograba puntos altos, pero todo lo que dijeron fue con tanta buena onda… Y es doblemente emocionante, porque más allá de la aprobación de lo literario (no saben cuánta falta me hace y qué oportunamente llega), recibo de parte de todos enormes y genuinos buenos deseos. Siento un abrazo de aliento en cada comentario, y me encatan los abrazos.
La mejor noticia es que, sobre todo, esto está funcionando como un incentivo potente, y ahora no dejo de querer generar cosas que les sigan gustando.
Antes de esta ráfaga de entusiasmo producida por sus palabras, frente a las que no pude evitar ponerme cursi y responderles, ya estaba escribiendo algo nuevo para postear: la pueba más clara del incentivo potente.
Sé que es inevitable que lo que escribo tenga sus altibajos, pero no quiero paralizarme por el miedo a no lograr otro texto que sea tan bien recibido. Así que concluí que lo mejor era empezar la era post-post exitoso lo antes posible, y ponerle el pecho a los altibajos. Les dejo a continuación el texto de hoy, menos feliz que los últimos, pero nacido de la felicidad.

Gracias E, G, M, L, D y J.
Los quiero.

Estampa y silencio

Mientras yo esperaba que bajaran a abrirme en la puerta de un edificio, una mujer y un nene pasaron frente a mí. Ella tenía unos cuarenta años, era rubia y gris. Estaba vestida como si volviera de trabajar en alguna oficina. A él le calculé siete; uniforme de colegio, mochila y valija de vianda.
La mujer caminaba tempestuosa, mirando hacia un futuro que se alejaba o que ni siquiera llegaba a ver. Llevaba al nene de la mano, pero las piernas de él no estaban a la altura de su apuro y la seguía como podía, siempre un poco por detrás.
Cuando pasaron al lado mío ella dijo (le dijo a él, pero lo dijo como al aire, al cosmos, a ella misma): "¿Te das cuenta de por qué yo no me caso? ¿Para qué? ¿Para llegar a vieja puteando y odiando al que tengo al lado?"
Ella ya venía hablando antes de caminar cerca mío, antes de esta frase, pero yo escuché esas tres preguntas recortadas del resto. A medida que las decía se iban estampando a golpes sobre la vereda, y se quedaron ahí una vez que ellos pasaron. Después de la frase, estampa y silencio.
Era jueves a la tarde y en la calle había movimiento, pero cuando me llegaron las palabras de la rubia (a quien yo había asumido madre y ahora rogaba que no lo fuera), sentí que los tres estábamos solos en la ciudad. Ningún auto, ningún transeúnte. Nadie con quien compartir la pena.
No pude evitar seguirlos con la mirada en todo momento. Cuando se habían alejado algunos pasos, el nene giró la cabeza y me miró. ¿Quería asegurarse de que yo había sido testigo de todo? No lo sé. No pude saber si buscaba confirmar su vergüenza, si intentaba complicidad o pedía rescate.
La rubia simplemente siguió caminando.

lunes, 14 de junio de 2010

Un portero y un paraguas

Foto: Ianko Perea
1. A alguien se le perdió un mensaje de texto y el sábado a la nochecita me llegó a mí. El mensaje decía más o menos esto: "Te aviso que el ascensor no va a funcionar hasta el lunes". Pero yo no tengo ascensor, ni hay en mi vida un ascensor cuyo no funcionamiento pueda afectar mi fin de semana.
Sospeché de un portero amable. Aunque siendo portero lo más coherente parecía tocar timbre y avisar, podía tratarse de alguien dispuesto a advertir acerca de la mala nueva, y por el medio que fuera, a todos los habitantes de su edificio. Más específicamente, sospeché del portero de mi amiga G (es el único con el que tuve contacto últimamente, y por una circunstancia azarosa una vez lo llamé haciéndome pasar por G: quizás tiene mi teléfono y cree que es el de ella).
Comenté mi sospecha. Mi interlocutor me miró con cara de "lo del portero es una arbitrariedad tuya...podría ser cualquiera y en miles de circunstancias diferentes". Era verdad. Imaginé algunas. Esa multiplicidad fue una de las cosas que me cayó mejor del mensaje.
Y no sólo eran miles las personas y circuntancias posibles, también eran miles las potenciales consecuencias del contratiempo. Especialmente si hubo alguien que no llegó a enterarse…
De cualquier modo, mi opción preferida es que el ex destinatario del mensaje se haya pasado el fin de semana gris metido adentro y nunca se haya enterado del desperfecto. Eso me resulta simpatiquísimo: un mensaje que se le pierde a la persona indicada.

2. Algunos sábados atrás presté mi paraguas. Aunque no está en buen estado, es el único que tengo y lo uso en toda ocasión. Hace muchas lluvias me digo que tengo que comprar otro, y estoy dipuesta a invertir si con eso logro hacer más amenas mis jornadas de tormenta.
Es rojo, con estructura endeble. Algunos de sus palitos metálicos se asoman descontrolados por fuera de la tela, volviéndolo lánguido. El mango plástico tiene un botoncito que activa su expansión. Noté que la pintura (un extraño plateado opaco, pariente lejano de la brillantina) empezó a desprenderse, y muchas veces termino con las manos llenas de mínimas estrellas.
Este fin de semana me lo devolvieron. Lo tomé distraidamente y lo guardé en el lugar de siempre, sin más.
Hoy es un lunes lluvioso, de lluvia repentina y copiosa. A la mañana agradecí que la vulnerabilidad de su esqueleto colorado hubiera vuelto a mí, pero más agradecí cuando, una vez en la calle, lo abrí. Al presionar el botón descascarado se extendió decidido y total, casi sonreía. Caminé unos pasos. Las gotas se estrellaban ruidosamente contra él. Lo sentí fuerte, inusualmente atlético. Y ahí lo noté: en el lapso en que durmió fuera de casa, una costurera silenciosa lo había remendado.
Fue gratificante ver con cuánta simpleza le habían devuelto la vida. Sólo hicieron falta unas puntadas certeras y pacientes, un poco de atención y algo de buena voluntad. Me sentí vaga, me sentí tonta. Pero sus bracitos metálicos estaban de nuevo en su sitio y no pude evitarlo: ahí fui yo quien sonrió.

Dos mensajes anónimos, uno por error y el otro errante. De alguna manera, los dos llegaron a buen puerto.

miércoles, 9 de junio de 2010

Primera persona

Voy a repetirme, pero como sabemos, el público se renueva. O no se renueva, pero aún no fue a ver “Confesionario” y este año tiene una nueva oportunidad. Anoche presencié la primera entrega del ciclo con mi amigo L y le encantó. Si mi recomendación no era suficiente, sumen a mi entusiasmo el de él también.

De nuevo, paso a explicar. Algunos invitados (escritores, músicos, fotógrafos, actores, periodistas, etc.) se juntan, coordinados por la conductora del ciclo, a contar algo verdadero, en primera persona y en tono confesional. Claro que esta consigna toma formas muy variadas y las “confesiones” no son sólo textos, sino también fotos, videos, llanas entrevistas, etc. Todo esto sucede en un contexto más bien teatral, inmerso a su vez en un espacio que funcionó como biblioteca (con pasarelas tipo entrepisos -donde alguna vez hubo estantes llenos de libros- a las que se accede por una escalerita). Hay una especie de escenario, micrófonos, luces, público y protagonistas, aunque estas últimas categorías tienen en cada emisión límites muy fluctuantes.
Lo que más me gusta de la propuesta es que siempre sucede algo diferente. Porque el resultado final responde a la combinación que se da por la onda entre los invitados, la presencia o ausencia de música, la participación o mutismo del público, los imprevistos técnicos y de cualquier otro tipo, etc. Y así como hay jornadas memorables, hay otras que funcionan menos. Pero la gracia es aventurarse de cualquier modo, porque siempre hay algo que vale la pena presenciar. Conocí mucha gente copada gracias al ciclo.

CONFESIONARIO
Martes de junio / 20 hs. / Biblioteca del Centro Cultural Rojas, Corrientes 2038
Coordina: Cecilia Szperling / Entrada libre y gratuita (capacidad limitada)


Martes 8
Confesiones bicentenarias
Mariano Dorr | Gabriela Cabezón Cámara | Julián Gorodischer

Martes 15
Familia: lo cuento o no lo cuento
Ana María Shúa | Paloma Fabrikant | María Rosa Lojo

Martes 22
Fútbol, a mí manera
Kiwi Sáenz | Sonia Budassi | Margarita García Robayo

Martes 29
Nuevas versiones de Verdadero - primera persona - Confesional
Lisa Kerner | Hermano (del blog Oxímoron ba) | Diego Rojas

Antes de despedirme, dos recomendaciones más (buenas y breves) y una NOTA:

Peli / “Synecdoche, New York” de Charlie Kaufman

Qué loco estás, Charlie, pero qué talento para la locura…
Tus mambos son insistentes, te persiguen, pero nunca nos cansan. ¡Te queremos!


Lectura / Clarice Lispector

Leí poco hasta ahora, pero esta mujer me cae muy muy bien. Me genera dos cosas claves: empatía y complicidad de género. Intuyo que se convertirá en una de mis preferidas. Cuando sea grande, quiero escribir como Clarice.

NOTA: Calurosa bienvenida a los nuevos seguidores. Un placer saberlos lectores del blog. De paso, gracias a los que se coparon desde el comienzo. Un honor para mí.

jueves, 6 de mayo de 2010

Demolición

1. Estoy haciendo un taller de escritura. No me gusta nada de lo que escribí hasta ahora en el taller, pero el taller me gusta. La propuesta es simple, pero intuyo que efectiva. Por empezar, trabajamos in situ, sentados en ronda. En cada clase se nos dan, intercaladas con lecturas o comentarios sobre lo escrito, dos o tres consignas diferentes. Para cada consigna contamos con cinco minutos, en los que debemos volcar lo que se nos va ocurriendo, intentando no parar de escribir. Cuando el tiempo se acaba, simplemente debemos abandonar. Cada vez se nos pide alguna vuelta de tuerca más, un poco en función de las trabas o falencias que van surgiendo de los comentarios grupales, y un poco en función del plan maestro preexistente en el que se basa el curso. Plan que pretende transmitir conceptos acerca de lo que es un relato, de lo que implica, y de los papeles, necesidades y deseos del que escribe y del que lee. Plan que se filtra en cada clase disimulada y subrepticiamente, "como quien no quiere la cosa".
Las consignas, por el tiempo acotado que se les designa, son también acotadas: el almuerzo de ese día, la cuadra de mi casa, el viaje que hacemos para llegar al curso. En la última clase nos pidieron que escribiéramos sobre un despertar en la infancia. Yo no pensé en nada triste, pero casi me largo a llorar en plena ronda.

2. La semana pasada tuve una reunión laboral. En la oficina céntrica en cuestión éramos dos: la chica con la que vengo haciendo la capacitación y yo. Después de mucho tiempo de charla acerca de mi desempeño en este tiempo, de cuestiones administrativas y de logística, de cómo funciona la empresa y demás, la chica me dio algo del material que voy a usar habitualmente. Un manual, unos folletos, unas fichas y unas fotos. En su mayoría, las fotos son de Buenos Aires a comienzos del siglo XX. Av. de Mayo con árboles bajitos, faroles y carruajes, palacios que ya no existen, hombres bailando tango (con otros hombres), inmigrantes en conventillos. Y de repente no sé qué me pasó, me agarró una especie de amor patriótico intempestivo, una nostalgia extrañísima. Interrumpí el relato de la chica porque no pude hacer otra cosa, tenía que informar lo que me estaba pasando. "Ay...como que me agarró un sentimiento nacionalista y me emocioné", dije, genuinamente conmovida y totalmente fuera de lugar. Ella lo festejó; yo bajé la cabeza y seguí escuchándola. Me quedé mirando a los inmigrantes apoyados sobre la mesa hasta que, finalmente, se me desanudó la garganta.

3. Hace un tiempo (meses, quizás más de un año) pasé de casualidad por la casa de una amiga del colegio y vi que tenía un cartel de venta. En ese momento imaginé muchas cosas. Pensé que seguramente su familia se habría mudado, que quizás ella estuviera viviendo sola. Pensé también, que dada la ubicación y tamaño del terreno, lo más probable era que la demolieran para hacer un edificio. Me dio tristeza.
Unas semanas atrás me crucé con mi amiga por la calle.
Inmediatamente recordé el cartel. No nos veíamos hacía muchos años; fue un encuentro breve, aunque lo sentí emotivo. Yo estaba apurada, así que sólo nos saludamos y atiné a pedirle su dirección de mail. Poco tiempo después le escribí contándole esta historia.
Al día siguiente, mi psicóloga me pasó la dirección del consultorio al que se mudaba, nuevo consultorio del que yo ya había sido advertida. Las coordenadas me sonaron familiares y creo que en algún lugar de mi cabeza hice la relación que finalmente se revelaría, aunque en ese momento la dejé a un costado, quise posponerla, le pedí que me esperara.
El sábado me crucé con mi amiga, el domingo recibí la dirección, el lunes fui a terapia. Y sí, el flamante consultorio es en el edificio que se construyó donde era aquella casa. De más está decir que a la tristeza inicial por la intuición de demolición, se fueron sumando la sensación densa e indigesta del paso del tiempo y algunas ideas (un poco cómicas y un poco dolorosas) sobre casualidades e ironías.

No sé, saquen ustedes sus propias conclusiones. Yo sólo voy a decir que quizás el pasado sí sea un animal grotesco, y que a veces nos visita.

miércoles, 21 de abril de 2010

El pasado es un animal grotesco

Bueno, bueno. Vuelvo (más vieja… ¿y más sabia?) para hacer una nueva recomendación.
Yo quería ir porque le tenía mucha fe a los actores, toda gente joven y talentosa que había visto en otros lados. Debo reconocer que del director no sabía nada, pero confié: lo avalaba la elección del elenco.
Sólo me faltaba un cómplice, una amiga bien dispuesta que se bancara el riesgo. Por supuesto, S dijo “sí”. Nos propusimos no posponerlo hasta la cancelación, como tantas otras iniciativas. A pesar de lo largo que habían sido nuestros respectivos jueves, nos dimos ánimo mutuo pisando la hora de comienzo y allá fuimos. Más tarde festejaríamos nuestra decisión.

La obra se llama "El pasado es un animal grotesco". Sé que genera sospechas y una especie de fiaca anticipada, pero juro que la obra cae mucho mejor que el título.

Este es el textito con el que la venden, el que a mí me compró: “Una multitud de historias se reúnen para contar las vidas de cuatro personas en un tiempo preciso (1999-2009) a una edad determinada (entre los 25 y los 35), cuando dejamos de ser aquello que creíamos para convertirnos en lo que verdaderamente somos.”

Contundente. Me dio un poco de miedo, pero sobre todo me dio curiosidad. Y justo estaba el temita éste del inminente cumpleaños...

No quiero crear expectativas desmedidas para evitar desilusiones. En lo concreto, yo opino: excelentes actores, lo mejor de la obra, se la cargan al hombro digna y efectivamente. Actúan mil situaciones y personajes, te olvidás de que son siempre los mismos y casi con la misma ropa y, sobre todo, pasan y te hacen pasar de un estado a otro en pocos minutos y con total intensidad. Generada en un periquete, yo alcancé la fase “nudo en la garganta” más de una vez.
Si es del interés del espectador, el tema está bueno y el tratamiento también. La puesta general es dinámica y múltiple, pero no pretensiosa ni grandilocuente. Por la cantidad de situaciones, los objetos van y vienen, repitiéndose, reemplazándose o descartándose. Hay aportes importantes de los efectos de movimiento y de luz, y un plus feliz dado por imágenes fotográficas y de tv. Algunos detalles arbitrarios parecen caer en el texto directamente desde la cabeza del director, y resultan honestos y simpáticos.
Pero no todo es un lecho de rosas. Resulta un poco larga, tiene algunas salidas tiradas de los pelos, a veces llega al punto del divague (o incluso del delirio). Es del tipo de obra que tiene una última escena intercambiable, un final poco certero. Y peca de tocar algunos temas de los que ya escuchamos y vimos bastante.

De cualquier modo, creo que vale la pena. Como dije, S y yo festejamos nuestra decisión.

La data.
Texto y Dirección: Mariano Pensotti
Con: Julieta Vallina, Juan Minujín, Javier Lorenzo y Pilar Gamboa.
Funciones: de jueves a domingos a las 21hs.-
Platea: $45.- Jueves, día popular: $25.-
Este espectáculo se recomienda sólo para espectadores mayores de 14 años.

Teatro Sarmiento
Avda. Sarmiento 2715

(Jardín Zoológico)

Después me cuentan.
Bon Anniversaire!

viernes, 12 de marzo de 2010

Huevada

Como dijo quien hizo la introducción al asunto (mi amiga X), "hay cosas que uno no hizo en la vida, y está bien hacerlas, hay que hacerlas, aunque sea más tarde..." No me resistí en absoluto, X puede dar fe. A esta altura de las cosas yo también había entendido lo que me estaba diciendo.

Para ese entonces ya estábamos metidas en un baño de la facu, con un bolso que rebalzaba de ropa apta y con gente esperando afuera, muy al tanto de todo. Y X tenía un entusiasmo y una convicción tan vehementes que no podía defraudarla…

Las instancias de cierre de carrera habían tenido siempre cierto sabor amargo, por las instancias en sí mismas o por cuestiones coyunturales. Y aunque en cada oportunidad lo fui pasando progresivamente mejor, los pasos para desprenderme por completo de la facu parecían nunca terminar. Incluso del evento honorífico ya había sido advertida, y yo seguía por la vida con la certeza de que me quedaba un escalón más.
Y si bien es cierto que resta una legalización (porque la Sra. Fadu no llegó a hacerla a tiempo para el acto de ayer, obvio), ahora ya están todos los escalones.

Pero eso sólo no hubiera sido suficiente, me conozco, hacía falta algo más. Yo no me di cuenta claramente, ni pude imaginar algo específico, pero por suerte tengo amigos muy intuitivos y muy inteligentes que supieron mejor que yo lo que estaba necesitando. Ellos hicieron las maniobras que hacía falta hacer para involucrar a todos y juntar los elementos necesarios. ¡Felicitaciones por la logística, muchachos! Realmente me divertí.

Cada vez que pasa algo así pienso que algún talento tendré para esto. No me refiero a los diplomas, sino a cierta habilidad para rodearme de gente valiosa. Porque, señores, ayer había mucho material humano, todo junto y revuelto.

Gracias a los que participaron de la "huevada" y del festejo. A los que disfrutaron de enchastrarme. A los que se bancaron ensuciarse. A los que no se lo bancaron (pero se dejaron la remera). A los que organizaron de prepo un festejo casero. A los que cargaron las armas y a los que las trajeron. A los que me transportaron y grabaron todo. A los que conocí post carrera, pero llegaron a tiempo. Y a los malos perdedores de "Carioca" que, de cualquier modo,
son amigos buenos.

¡Los quiero mucho!

jueves, 4 de marzo de 2010

Pantalla grande

Voy a hacer algo que hice poco en este blog, a pesar de que quizás era esperable que lo hiciera. Voy a hablar de cine. Me da fiaca ser minuciosa en mis comentarios, así que sólo mencionaré algunas películas muy (MUY) diversas que la vida, mi propia voluntad o voluntades ajenas me llevaron a ver últimamente. Las calificaré de manera breve, arbitraria y poco ortodoxa. Antes de adentrarme sólo diré que lo más atractivo de todo fue, justamente, la variedad de las propuestas.

1. “La Tigra, Chaco”
Hecha por gente de mi carrera, me alegró que estuviera hecha por gente de mi carrera. Correcta de imagen y bien de sonido. Una peli simple, clara y chiquita, de acertada duración y buenísimas actuaciones. La chica es un gran talento; la señora que hace de tía del protagonista, un amor. Genera clima. Yo me enternecí. La recomiendo.

2. “Sherlock Holmes”
Robert Downey Jr. me gusta históricamente, no puedo ser objetiva. Jude Law no me emociona en particular, pero es innegable que es un tipo fachero. El gancho son ellos dos como tipos, y para mí, el vínculo gracioso entre sus personajes. La peli no me entusiasmó mucho. Recuerdo que me resultó simpática la música y vertiginoso el ritmo del montaje y del relato en general.

3. “Enseñanza de vida”
Siento que pensamos poco cuando decidimos lo que íbamos a ver. Si es para alguien, es sólo para mujeres. Quizás una señora poco piola de más de 60 lo puede pasar bien. Aunque la morajela final pretende ser “femenino-liberal”, el espíritu general es “Utilísima”. Visualmente linda por momentos, pero bastante inverosímil.

4. “Carne sobre carne”
Aunque lo venden como el documental que cuenta con las escenas censuradas de las películas de “La Coca” Sarli, ese no fue para mí su mayor atractivo: ella es el mayor atractivo. “La Coca” es muy querible, y todo lo demás muy bizarro. Alto nivel de pintoresquismo. Uno lo pasa bien. Para quien está interesado en la temática o el personaje, vale la pena.

5. “El hombre lobo”
Pochoclo, y a mucha honra. Si van esperando eso y encima van en grupo, es disfrutable. Hay un poco de amor (forzado por lo repentino, presuroso y prematuro) y un poco de miedito. Van a ver a un Benicio del Toro bastante baqueteado y a un Anthony Hopkins que nunca deja de ser Hannibal Lecter. Muy divertida la pelea entre ellos en sus versiones hombres-lobos.

6. “Los hombres que no aman a las mujeres”
Reconozco que fui con un poco de prejuicio por el halo de best-seller que rodea la película, pero después lo pasé muy bien. Me atrapó y me entretuvo. Está muy bien hecha, con buenas locaciones y visualmente interesante. Actuaciones acertadas en general, y muy buena la protagonista. Si no hubiera sido porque le sobra (por lo menos) media hora y ya era tarde, salía del cine chocha. La recomiendo.

Bueno, quizás esto le sirve a alguien a la hora de elegir qué ver...
Por lo pronto, dejo saludos a quienes me acompañaron en cada una de las veladas cinematográficas. Y aprovecho para invitarlos (ya que ocurre poco en este blog, ejem) a dar sus opiniones sobre mis comentarios o sus propios pareceres sobre las películas. ¡No tengan vergüencita!

Finalmente dedico esta entrada a mi amiga “francesa”, quien reclamó que retomara el blog. Fue emocionante saber que alguien lo estaba extrañando…

viernes, 15 de enero de 2010

Oui!

38 días. Pasó más de un mes. Se fue diciembre, pasaron las fiestas, llegó enero, empezó el 2010. Todos hechos que ameritaban un rincón en este blog. Se ve que lo ameritaban tanto, tanto mérito tenían, tanto mérito cargaban, que me aplastaron y no me dejaron escribir. Me aplastaron para bien y me aplastaron para mal; a veces me impidieron moverme, a veces me dejé inmovilizar.
Sufro de “Síndrome de Prolijidad”. No me banco seguir adelante sin hacer un mínimo racconto (arbitrario y personal) de lo sucedido, menos aún habiendo tanto mérito dando vueltas. Se trata de un enlatado comprimido que no espero que todos entiendan, cada uno entenderá lo propio:
Banfield Campeón
El Sol bailó
Cerati
Abrazo recitalero
Gritos por teléfono
Cellos que giran
Noche (más o menos) Buena
Navidad
Un sábado en La Plata
Treinta y uno con amigos
Alter-egos de vestidos
Brindis con tequila
Findefideos chinos
Carioca
Agenda nueva
Mariposa Tecknicolor
Oui Oui!
Euforia vacacional telefónica
Fito pedagogo
El pelo de Godard
Uff. Listo la lista. Prosigo.
Me alegra que empiece un nuevo año, y quiero brindar. Brindo por los zapatos rojos, por los cortes drásticos de pelo, por las vacaciones en la playa y por los planes nuevos. Brindo por los mails que dicen cosas lindas y por el espíritu infantil, lúdico y festivo. Brindo por el repelente y por el aire acondicionado, por “La Novicia Rebelde” y por los anfiteatros.
Brindo por la claridad y por la perdurabilidad de lo bueno (ejem).
Brinden y sigan brindando.
Y ya que brindan, recomiendo lo que algunos catalogamos como el trago de este verano: cerveza con “Cepita” de manzana. También amerita un rincón en este blog. ¡Salud!