domingo, 11 de septiembre de 2011

Llerena

miércoles 27 de julio de 2011 / anochecer

Hoy caminé por mi calle más allá de lo que suelo ir. 
Descubrí que no tengo sólo un chino enfrente (con dos chinos jóvenes hermanos que saludan con un “holasss”, y algunos chinos más, cuyo vínculo con el resto no llegamos a dilucidar; con otro chino jovencito que repone productos en las góndolas mientras canta a viva voz canciones chinas de moda; con un verdulero infalible y latinoamericano, con sonrisa a lo Chayanne, que a mí me dice “señora” y a M, “amigo”).
No tengo sólo el subte a tres cuadras, unos fanáticos del “Fitito” a la vuelta (que se juntan en una casa que parece un taller mecánico), un edificio misterioso en la esquina (y una chica que barre la vereda, con la puerta suficientemente cerrada como para que uno no pueda ver adentro y siga pensando que se trata de una empresa o laboratorio, pero siempre sin saber de qué), un colectivo muy necesario y muy forro (el 133), y otros dos útiles y más gauchos (el 113 y el 111), una casa musical al otro lado de la manzana (donde en ciertas noches, siempre impredecibles y discontinuas, se ve un altillo iluminado y suenan tambores y aplausos), una pareja de vecinos jóvenes (que cuelgan ropa en su terraza semi-hippie, en un ténder tipo abuela en forma de estrella, y la ropa es siempre rayada, floreada, escocesa o estampada; una vez a él lo vi cosiendo muñequitos de tela, otra vez creí cruzármelo en la verdulería de Chayanne), una terraza donde un grupo de motoqueros que gustan del rock dejan las botellas de cerveza vacías que toman en cada reunión (la terraza es prolija y de piso verde, con parrilla; a lo largo de los días y las lluvias vi cómo se borraban, blanco sobre marón, las etiquetas de las botellas que siempre seguían ahí; ya había visto a algunos de ellos, recostados y panzones, tomando cerveza y sol).
No hay sólo una hora de los perros en la que todos ladran juntos (creo que era cerca de las seis o siete de la tarde; al principio la distinguía, ahora ya no la escucho), ni sólo un ascensor que hace un pitido en cada piso, y cuyo recorrido puedo seguir de principio a fin (deduciendo siempre quién llegó o quién se fue).
No tengo sólo un Claudio-constructor-administrador, con una mujer extra coqueta y extra amable. Una mujer que me habló de Violetas de los Alpes y que festejó que yo llegara con la llave un día en que tenía que abrir la puerta de entrada con sus uñas recién pintadas. (De ellos pensamos que son evangelistas y pastores.)
No tengo sólo una vecina grande y soltera, con un gato del que siempre me habla y al que yo nunca vi. Está preocupada por lo ruidoso que pueda ser; una vez desapareció por algunos días y vino a tocarme el timbre para ver si me lo había cruzado en algún pasillo. Con esta vecina me encuentro mucho en el chino, y alguna vez me preguntó por un pinito que compramos para Navidad y que se murió en el balcón antes de fin de año. (Esta vecina nos mira.)
No tengo sólo un antro mezcla de pool y tugurio llamado “Edén”, sino también una pseudo parrilla con rocola y olor a grasa, donde una vez vi, muy temprano a la mañana, a un hombre entrado en años desayunando cerveza y leyendo el diario. En la misma cuadra hay una kiosquera rubia y gorda con una hija hecha a imagen y semejanza, las dos antipáticas, las dos careras. Tengo también una panadería grossa, poco cálida y siempre llena, y otra de calidad dudosa, con vendedoras gastadas, siempre abierta. Un vivero que huele a comida de perro, donde compré algunas plantas por pura intuición porque nunca me atendieron con demasiada pericia. Tengo la inmobiliaria en cuestión camino al subte, siempre triste, beige e incomprensible.
Tengo una terraza convocante a la que fui menos de lo que debería, y un balcón con algunas plantas que triunfaron por más fuertes, y que ahora florecen y florecen, aún en pleno invierno.
Ah…y tengo una vecina loca, con lavadero y lavarropas. Tiene una hijita más bien silenciosa y una madre a la que culpa, siempre (siempre) a los gritos, por toda (toda) su vida.
Tengo un armario que fue un infierno mudar y armar, pero en el que metemos todo.
Tengo muchos frasquitos de especias, y tengo cada vez más.
Tengo una mesa tipo chapadmalense y otra que fue mexicana, una silla por mesa de luz, un reloj junto a la puerta, un felpudo para lluvia y espejos horizontales, para poder vernos de a dos.
Hoy caminé por mi calle más allá de lo que suelo ir y vi que tengo más: tengo vecinos que deambulan al anochecer, muchas casas muy lindas, una carnicería con poster de Papá Noel, algunos almacenes ocultos, varias ventanas tapiadas, algunos edificios muy nuevos, muchos carteles de venta, un club social de “baby-fútbol” y un perro, enorme y clarito, que se asoma a la calle entre cortinas rosadas.
Todo eso y mucho más, todo en Llerena.

Adjetivo

feliz

1. adj. Que disfruta de felicidad o la ocasiona:

Hoy es un día feliz.

2. Oportuno, acertado:

Tuvo la feliz idea de llamar antes de salir.

3. Que sucede sin contratiempos:

Que tengas un feliz viaje.


Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe